POR RAFAEL P. RODRIGUEZ
SANTIAGO.- No una sino decenas y centenas son las estrategias que aparecen diseñadas para estafar a cada incauto que respira en el planeta.
Uno de los más ingeniosos y recientes se relaciona con esas llamadas eróticas que se anuncian no sin alguna dosis de misterio.
Llamas, con ese morbo tenaz que corresponde al ingenuo empedernido.
Pides hablar con una mujer que describirás de tal edad, tal estatura, de tez morena, rubia o como quiera que te aconseje esa sinrazón que resulta de querer hablar de temas íntimos y a distancia con una desconocida.
La astuta muchacha, experta en fingimientos, como corresponde al momento, te responderá el reclamo con dulzura y en un tono no muy diferente al que debe haber empleado la serpiente que a través de una tal Eva sedujo a un Adán tan despistado como curioso y simple.
A continuación, ella te dirá que esperes un momento en lo que procura a la dama reclamada.
En la espera cruzarán por el tiempo unos cuantos minutos, suficientes para que se te cargue una suma de dinero que permitirá mantener un negocio lucrativo a costa de la libido alborotada.
Como no estás viendo nada, como la ceguera es compañera habitual de esos impulsos inconscientes que hay en tu cerebro, no te percatarás de si la que pediste al teléfono fue una u otra cualquiera, porque, recuerda, te comunicas con una voz anónima.
¿O no era eso lo que, cual lobo amaestrado o como un buitre en la llanura, anhelabas con el alma?
Bien, lo importante es que no te des cuenta de la estafa porque tu diálogo es exactamente con la misma que inicialmente levantó el auricular para responderte.
Que resulta ser una experta en estos desdoblamientos vocales, una zorra muy bien amaestrada.
Te lo advertimos de antemano.
O debiste haberlo imaginado.
Pero el sistema parte de un refrán inequívoco dominicano:
siempre sale un pendejo a la calle.
Además de que todo parece entrar en el mundo de los negocios, sobre todo esas fantasías que apenas abandonan al hombre cuando ya no hay nada más que pueda abandonarlo.
Aunque a veces, ese pendejo se queda haraganeando o haciendo llamadas más sencillas todavía, con ese discreto olor a estafa, desde la casa o desde cualquier lugar donde pueda ejercer su trabajo de pendejo (que en la Argentina, por ejemplo, no tiene el sentir peyorativo que abunda entre nosotros sino que en el habla del pueblo quiere decir joven).
Esas llamadas al vacío y a la estafa dulcificada por un habla edulcorante femenina no han estado exentas de consecuencias.
En algunas instituciones han provocado escándalo al producirse con una densidad que ha devenido en el pago de miles de pesos inútiles y conjugados en un placer sobrecargado de nada y, además, solitario.
Las derivaciones negativas son que incluso menores se han abandonado a esta praxis desenvuelta lo que ha llevado a sus padres al pago de facturas elevadas por una cuestión improductiva y en cierto modo, contaminada de lo que fuera.
Esta práctica corresponde taxativamente al mundo de los adultos.
Se trata de un negocio para los grandes.
Pero nada apenas impide que en él entren de vez en cuando y tomando en cuenta que los niños son más listos de lo que pensamos, esos intrusos menudos que no suelen ir a donde son invitados.
Ahora los padres tienen en el Internet más de un motivo de preocupaciones pues también ahí hay un universo de imágenes, de archivos, de lo inaudito y lo sofisticado tan vasto como el de las estrellas y los sistemas planetarios.
Via | El Nacional / Reportajes